La fusión perfecta entre un pez y mi bisabuela tiene un nombre: Susana (y es verdad, en este aspecto se acerca más a mi bisabuela que a la redondez estupefacta del ser acuático). ¿Desde cuándo un par de ojos como platos, sumergidos en aguas de colores? ¿Dónde se vio un caminar digno de abdominales irrompibles, en la achacada figura de una vieja? ¿Desde cuándo los impulsos se disparan por cualquier ser de la naturaleza? Infundida de peces, mi bisabuela tiembla en su copita de licor. Lleno de temblores, el pez mira atónito las algas. Algas, Barrio Norte; quién pudiera distinguirlos. Sólo se trata de los ojos como platos, del caminar rítmico, y ahí tenemos una planta, un pez, un niño, un barco, mi bisabuela.
Lo bueno es cuando puedo pedirle al pez que no se muera, llorando.
O ver a mi bisabuela dudar entre las piedritas ínfimas.
Susana es la colisión de los dolores. En ella fueron a parar las vicisitudes de las épocas y los acechos del tiburón. La miro: las pupilas nunca le siguen el ritmo. Me vuelvo ella: una voz que se había guardado adentro sale a borbotones. La extraño: la escribo con detalle, la fotografío en mi propio cuerpo. La estampo contra mi columna, dejo que me agote.
Cuando baja la mirada, queda claro: una imaginación exhausta le alborota el parpadeo.
viernes, marzo 02, 2007
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