sábado, mayo 06, 2006

Crónica del microcentro

N. de la R.: un yeso en la muñeca derecha es a mis ganas de escribir lo que una torta de dulce de leche a mis ganas de comer una manzana. Por eso, me robo a mi misma y subo una vejez que encontré vagando en la memoria de mi vieja y fiel compiúter.


Cuatro sellos caen como guillotinas. Percusión de golpes y formularios decapitados. La saliva de tres empleadas se diluye en la celulosa de los billetes. Los anillos dorados reflejan la luz de tubo, y en las paredes del cubículo dos nenas sonríen, todas dientes, al lado de un póster de la Desatanudos.
Tres pequeños aprendices de emperador ajustan sus sogas de colores al cuello. Un cadete cruza imaginando un río de Coca-cola. No ve sino sillas. Quisiera caerse hasta casi morir.
Un tipo de rulos fuma en la puerta, mirándose en los zapatos. Escupe el humo con cuidado, cortando el aire denso, dibujando formas de nubes y de ojos de mujer.

Las guillotinas y los bombos ahora se hacen eco, entre los cartones de vino y las canciones de altoparlante. Algún hombre de anteojos oscuros camina aplastado de insultos y se sube a un auto azul marino, en frente del bar desde donde un turista oriental dispara flashes sobre la frente de la jubilada. Otras dos mujeres de zapatos en punta arremeten contra el mundo, agitando sus carteras de cuero y sus miradas de rimel; discuten la documentación y los teléfonos, la carpeta y los sobres sin fechas. Atrás del mostrador, otra apura su ensalada de frutas y su café con tres sobres de edulcorante.
Incrustados todos en el cemento, aplastados entre el asfalto y el aire pegajoso; entre un edificio y un banco, entre cubículos de oficinas, entre los miedos y un camión de caudales; cada cual con su parcela asignada, y no vaya usted a detenerse en su corrida, pues los demás caerían como fichas de dominó y podría derrumbarse el escenario, uno tras otro caerían, con sus carpetas, sus cajas fuertes y sus llaves secretas.
Puedo ver las voces viajando por el aire, suben desde las antenas hasta el borde del cielo, recorren los túneles del subte, atraviesan las rendijas de un bandoneón ucraniano y van a caer en la botellita que un ciego agita mientras repite "una monedita por el Amor de Dios, una monedita". Canta el ciego, y cómo; lo aplaudimos con furia, lo aplaudimos hasta mover el aire y las luces que lleva adentro, para agitarlas, así tal vez las pueda ver. Después, la reina del vagón (siempre hay una reina) despega sus zapatos negros del piso, toda ojos y toda aire. Va la musa de los bancarios a dejar sus moneditas en el tarro, regalando cinturas y pestañas. No te vayas, Princesa de Florida, le cantan los poetas.
En las escaleras mecánicas, dos señores inmensos hablan, pero la voz no les sale desde el estómago, crece como un hilito desde el pecho y largan un sonido grave que no tiene entrañas; no veo bocas, sólo dientes, cigarrillos y líneas gruesas en las caras.
Y yo, que tengo tantas importancias en este folio; tantas, que no puedo soportarlo, si llegaran a caerse sobre esa baldosa cubierta de agua o en la bolsita de garrapiñadas, podrían gritarme, podría irme yo con ellas, o podría yo correr lejos y enterrarlas profundo, porque ahora estoy tan libre, tan libre; pero sola vuelvo a la oficina, no valdría la pena.

Quisiera que los rayos del sol empezaran a girar como aspas de un ventilador fosforescente, y que las hojas y las boletas y los billetes y las fotos y los documentos y los anillos dorados se le metieran dentro, hasta que los triture de calor y de violencia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

un auténtico city tour a través de nuestro querido microcentro, con esa vocación de collage/maqueta de cartón tan suya... muy feliz =).