Del centro saltamos todos. Nos dispersamos en ondas expansivas de cardumen reluciente. Los peces rebotan con golpe de tambor, agitando sus escamas de colores. Vuelven al agua, naufragan entre algas enredadas.
Los peces y los ahogados esquivan sus cuerpos. En altamar no hay tiempo, nunca hay tiempo, nunca te sobra el tiempo. Los peces forman círculos exactos.
En cada barco hundido tienen una casa y una visión difusa, supernatural.
Sobre las rutas luminosas, los carteles titilan amenazas y ahogan la voz de los viajeros. El agua siempre fría, siempre mucha, siempre clara, se recorta en cuadraditos a través de la ventana. Los peces ataron los cuerpos con sus sogas color aguamarina. Los llevaron profundo, junto a la tierra, donde el agua se vuelve hermética, sellada.
Quizás el río me traiga, un día, su cuerpo inundado. Vivo o muerto, voy a adorarlo.
lunes, enero 23, 2006
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