Pero quién soy cuando los puentes, cuando los vestidos. Qué queda de mi en los monumentos, en los textos que escribo así, ahora, carente de todo, igual a mí, con hambre y sin sed. Qué hay con los ríos, con los sueños entreverados, con irse a la cama riendo y ver estallar un abanico de lágrimas rabiosas que extrañan, que extrañan cada día, inevitablemente, indefectiblemente; la presencia, el gesto, el abrazo, la guía. Qué queda de mi cuando despierto, qué queda cuando "qué lindo" y se sutura lo que era un algo, un magma abierto, profundo; hermoso, doliente. Magma de los magmas, daga abierta, corazonada intempestiva: quién soy en los desayunos que vienen después de los sueños entreverados, después de las lágrimas rabiosas que recuerdan, y recuerdan, que llevan cargado un nombre que no puede decirse, un nombre que no puede decirse, que no puede decirse.
Algo sale volando allí, y en mis nuevas valijas extrañas, hundidas en aguas embarradas, en flores, en insectos. Algo sale volando y ya no estás para verlo, no estás para verlo, no estás cabalmente, no estás en absoluto. Quién soy cuando no habrá otra oportunidad, cuando no habrá otra oportunidad, cuando no habrá otra oportunidad; cuando en el sueño entreverado se revela todo ese final incuestionable. Qué queda de mi cuando despierto, cuando buenos días, cuando tal vez nos veamos en otro mundo, en otro plano, en otro sueño entreverado que acuna lágrimas rabiosas.
jueves, septiembre 09, 2010
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